le vi, y todo resurgió en mi. Sentí que aquellos ocho años habían pasado muy rápido en ese momento. No entendía ni cómo ni por qué ni cómo es que ahí..
Entonces me vio, su cara de horror me afirmó que también se había arrepentido de lo que no hicimos en el momento incorrecto de nuestras vidas.
No corrimos, no nos abrazamos, no nos besamos. Sólo nos mirábamos sin poder creernos la tan absurda coincidencia, luego me dijo: ¿cómo me encontraste?
y yo, yo sólo iba en un viaje de negocios.
- No te he buscado ni te busqué ahora.
Nuestros ojos gritaban frases atroces.. no te vayas, no me dejes esta vez, ahora sí podemos perdernos, estoy tan perdida!, sin ti.
Mi corazón latía a mil por hora y yo sólo, tenía tanto miedo, pero ya no tenía nada que perder.
Tomé su mano, mientras caminábamos -casi corríamos- la ciudad de parís me importaba ya menos que el mapa arrugado en mi mano izquierda. Llegamos a unas calles casi circulares, era un laberinto parisiense. Y seguía detallando con desesperación "el plan", yo sólo tenía que esperarle afuera. No era difícil, la costumbre no se pierde tan fácil. Por fin llegamos a una casa de piedra, se detuvo frente a una puerta alzada a la que se llegaba por medio de unos peldaños. Me miró como intentando sacar fuerzas de mi interior, me sonrió con algo de nerviosismo y entró.
Tomé uno de los cigarrillos que había comprado en el Charles de Gaulle -ya había dejado de fumar, pero lo hice por si parís me lo pedía- y comencé a observarlo.
Escuché gritos, una pelea, y era su voz. Me acerqué a los escalones e intenté escuchar, "no puedes! no ahora! en qué estás pensando!", y también escuché un murmullo de mentiras que la caja que traía en mi interior no podía guardar, entonces toqué la puerta. Me abrió un tipo con un niño en brazos y me dijo: pasa. No entendí nada. Me sugirió asiento en una pequeña sala, era un sillón muy cómodo. Cuando ella me vio se puso nerviosa y luego, mirando a su alrededor y con un largo suspiro me reveló ocho años de su vida. El tipo tenía buen aspecto, y los niños -había una pequeña réplica de ella en un corral- eran preciosos.
El tipo sacó a la bebé del corral y le dijo que le diera de comer, y mientras le preparaba la cena la pequeña fue hasta mi. Era tan hermosa. El niño también se sentó a mi lado y como si nos conociéramos de toda la vida me abrazó.
¿y tú, cuántos tienes?, me trajo a la realidad el parisino, no, yo no tengo hijos, le dije. Ella me miró entonces y con una mirada me pidió perdón. No podía soportar lo que me provocaba mirarla a los ojos, tomé mi chaqueta, le di un ultimo vistazo a los niños, le sonreí al tipo y me fui.
Ya en el laberinto de nuevo sentí que me desvanecía, las nauseas eran intensas, la carrera de imágenes que corrían en mi mente me mareaban y al buscar el cigarrillo en mi bolsillo encontré con ellos el mapa. Sonreí con un trago amargo, y encendí uno al llegar al Pont Neuf.
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